‘Quiero que mi hijo tenga un futuro’: Voces de los rohingyas desde el exilio

Esto lo dice Jobaida, de 25 años, quien está con su hijo de 22 días, Mohammed Ibrahim, en el hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Goyalmara. Vive en un campo de refugiados en Cox’s Bazar con su esposo y otros tres hijos. Su esposo solía trabajar como jornalero para una organización internacional, pero no ha tenido trabajo en los últimos siete meses.

“Hace unas tres semanas, di a luz a mi bebé en la clínica de Balukhali. El bebé no lloraba; no abría los ojos ni se movía. Los médicos dijeron que algo estaba mal y nos derivaron al hospital materno-infantil de Goyalmara”, dice.

Pasó seis días en la unidad de cuidados intensivos neonatales. Durante ese tiempo, el equipo médico comenzó a pensar que el bebé y ella podrían tener COVID-19, así que les hicieron una prueba que dio positivo, por lo que fueron trasladados a una sala de aislamiento.

Jobaida estuvo ahí durante 12 días. Asegura que tenía miedo por la creencia de su comunidad con respecto al padecimiento.

“Los médicos y enfermeras fueron muy amables, me apoyaron y supervisaron cada día. No parecían tener miedo de acercarse a mí, a pesar de que era contagiosa, lo que me ayudó a sentirme mejor. Tuve suerte porque no experimenté ningún síntoma. Estuve bien todo el tiempo”, cuenta.

“Mi bebé aún no está lo suficientemente fuerte como para que le den el alta, pero espero que lo esté pronto porque tengo otros niños en casa a los que debo cuidar. Me preocupa quedarme aquí. ¿Quién se va a ocupar de ellos mientras estoy fuera?”, remarca.

Jobaida huyó de Myanmar a pie en 2017 junto con su esposo y su primer hijo, que en ese entonces tenía tan solo un año. Tres personas de su familia murieron en aquellos días porque les dispararon o los apuñalaron. Fue entonces cuando decidió tomar las pertenencias que pudo y partir con sus vecinos.

“Nunca había visto tantas personas caminando juntas. Tardamos 12 días en llegar a Bangladesh, caminando por el bosque. Solo llevábamos un poco de comida. Tras quedarnos sin nada, no comimos durante el resto del viaje.
Cuando llegamos al río Naf, tuvimos que esperar tres días antes de encontrar la manera de cruzar. Al final pagamos a algunos lugareños que tenían pequeños botes para que nos llevaran al otro lado del río”, explica.

Jobaida espera volver a Myanmar “si todo va bien” mientras su esposo está en el campo de refugiados cuidando a dos de los otros niños.

“Me pregunto cuándo podré regresar a Myanmar. Sigue siendo mi país. No conozco tanto este lugar [Bangladesh], como mi propio país”, dice.

Hasnat Sohan/MSF

Sualeha Mohamed Ayubiu, de 25 años, está con su hijo de 10 días, quien aún no tiene nombre. Antes vivía en Manupara, en el municipio birmano de Bhushidong. Ahora vive en un campo de refugiados en Bangladesh.

Es ama de casa, cocina y cuida el refugio de su familia. Dice ser feliz con los suyos. Se casó hace tres años y tuve un bebé pasados los dos años, pero rompió aguas temprano y el niño nació muerto.

“Todavía me siento mal por aquel niño, a veces lloro.
Estuve gravemente enferma durante casi un mes después del parto. Estaba tan cansada que apenas podía darme la vuelta. Extrañaba mucho a mi hijo y decidí quedarme embarazada de nuevo, con éxito”, señala.

Sin embargo, después de siete meses de embarazo Sualeha comenzó a tener los mismos síntomas: tenía dolor de espalda y empezó a tener contracciones y dio a luz un día a las tres de la tarde.

“Al principio, me sentía bien, pero los médicos me pidieron que me quedara aquí porque el bebé era pequeño. Alrededor de las 10 de la noche dejó de respirar y se puso de color azul”, cuenta.

Sualeha explica que su bebé está mejorando, aunque a veces respira de manera rápida, a veces tenue y, a veces, es difícil de saber si continua respirando. Ella le comentó sus observaciones al médico, quien revisó la situación y le aseguró que su hijo está bien.

“Durante las últimas 10 noches he dormido mal. Estoy muy preocupada por mi hijo. Los médicos siempre me dan esperanza y dicen que todo va a salir bien, pero tengo mucho miedo. Mi mayor preocupación es por mi hijo. Quiero poder cuidarlo y que tenga una educación. Quiero que tenga un futuro. Quizás si tiene una educación, pueda convertirse en médico para ayudar a otras personas. ¿Sabes? Si yo hubiera tenido más educación no necesitaría traductor para hablar contigo, ¡podría hablar directamente en inglés!
“, comenta.

Hasnat Sohan/MSF

Abu Siddik es del estado de Rakhine en Myanmar. Ahora vive en un campo de refugiados en Cox’s Bazar con sus dos hijas, tres hijos y su esposa. Está en el hospital de MSF en Kutupalong con su hijo de cinco años, Rashid Ullah.

“El otro día, Rashid estaba jugando cerca de la carretera y fue atropellado por un CNG [un taxi local]. Sufrió algunas heridas en la cabeza, se partió el labio y se dislocó el hombro. Lo llevamos primero al hospital materno-infantil de Goyalmara porque es el más cercano a nuestra casa, pero luego le derivaron a Kutupalong porque necesitaba un tratamiento especial para el labio que solo podía recibir aquí”, explica.

Rashid solía vivir en la costa de Myanmar; tenía un negocio y tierras propias, una casa y también criaba camarones. Señala que en su lugar de origen tenía más espacio y autonomía, características que no encuentra en el campo de refugiados.

“En Myanmar había espacios abiertos, pero aquí juegan en las carreteras y puede ser peligroso. Tampoco tenemos ninguna independencia económica, todo lo que podemos hacer es recibir ayuda. Ni siquiera podemos ir al mercado local. Ha sido peor desde la llegada del COVID-19, hay tantas restricciones en nuestro movimiento que nos vemos obligados a romper algunas reglas solo para sobrevivir”, remarca.

“Pasar nuestras vidas en el campamento es difícil. El espacio que tenemos es pequeño y nuestros refugios están hechos de plástico. Recibimos distribuciones de comida, que están bien, pero no es nuestra comida habitual, no es lo que normalmente comeríamos. Necesitamos pescado, verduras, algo de variedad”, agrega.

Rashid dejó Myanmar porque su casa fue incendiada. Mataban y torturaban a todo el mundo y acosaban a las mujeres, lo que convirtió el ambiente en inseguro. Su viaje a Bangladesh le tomó tres días y fue complicado porque el camino no era seguro.

Junto con su esposa, cargó a sus dos hijos más pequeños durante todo el camino porque aún no tienen la edad suficiente para caminar. Finalmente cruzaron el río Naf y llegaron a Bangladesh. Los lugareños les dieron comida y agua, y fueron muy amables.


Estoy listo para regresar a mi hogar en Myanmar, siempre que se garanticen nuestros derechos y haya justicia y seguridad. Al menos en Myanmar existía la posibilidad de una educación para nuestros hijos. Podíamos conseguir ropa bonita y vivir en nuestras propias casas”, resalta.

Hasnat Sohan/MSF

Ferdyoli Porcel es una pediatra del Perú. Ha trabajado en Bangladesh durante seis meses.

“Muchos refugiados rohingyas no están acostumbrados a un sistema sanitario normal, ya que no podían ir a los hospitales en Myanmar. Tenemos que hacer mucha promoción de la salud para convencerlos de que este es un lugar seguro para recibir tratamiento“, explica.

Porcel enfatiza que algunos pacientes llegan demasiado tarde cuando ya están gravemente enfermos. Esto complica su atención porque el COVID-19 ya está dañando otros órganos del cuerpo por lo que es complicado mejorar esa situación.

Otro problema visto por la pediatra es la atención prenatal y los partos en el hogar, cuando las mujeres tienen complicaciones en el hogar o sus bebés nacen con complicaciones. Porcel subraya que un parto en un hospital ayuda a evitar esos problemas y le da a los trabajadores de la salud la oportunidad de ayudar a los bebés a respirar si nace con problemas o a la madre si está perdiendo sangre.

“Los rohingyas viven a menudo hacinados muchos en una sola habitación, sin las condiciones adecuadas, lo que significa que nuestros pacientes, especialmente los más pequeños, están más expuestos a muchos tipos de infecciones”, dice.

Hasnat Sohan/MSF

Tarikul Islam es un médico de Bangladesh. Actualmente trabaja como líder del equipo médico en el hospital de Balukhali.

“Antes de la afluencia masiva de refugiados en 2017, veíamos un promedio de 150 a 180 pacientes por día, pero en un mes comenzamos a ver de 500 a 600 pacientes. Fue algo enorme, así que ampliamos nuestra actividad médica”, recuerda.

El médico señala que en los hospitales y clínicas, la mayoría de los pacientes que atienden, tanto niños como adultos, tienen infecciones respiratorias, enfermedades diarreicas o infecciones de la piel. También hay un número significativo de ellos que padecen diversos niveles de enfermedades psiquiátricas. Las enfermedades predominantes entre los refugiados rohingyas están relacionadas principalmente con sus malas condiciones de vida.

“La llegada del COVID-19 ha complicado las cosas. Uno de los problemas es el estigma y el miedo. Nuestros pacientes refugiados tienen miedo de ir al centro de salud debido a la estigmatización en la comunidad. Incluso hemos visto a pacientes que no explicaban abiertamente síntomas relacionados con el COVID-19 porque pensaban que serían tratados de manera diferente”, comenta.

Otro desafío, especialmente al comienzo de la pandemia, fue que muchos proveedores de salud redujeron actividades debido a la reducción de personal, movimientos restringidos y a otros factores, resalta.

Hasnat Sohan/MSF

Teshome Tadesse, de Etiopía, ha sido coordinador de logística de MSF en Bangladesh.

“Tan pronto se confirmó el primer paciente de COVID-19 en Bangladesh, comenzaron los desafíos y rápidamente se volvieron enormes en términos de recursos humanos, suministros y transporte”, dice.

Teshome recuerda que los proveedores no tenían suficientes materiales porque todas las ONG tenían necesidades y todos intentaban comprar las mismas cosas al mismo tiempo.

Tampoco fue fácil tratar con ellos porque se negaron a aceptar dinero en efectivo al tiempo que se reducía el horario de apertura de los bancos en las grandes ciudades mientras que en las pequeñas, la mayoría de los bancos dejaron de funcionar, señala.

“Afrontamos dificultades para traer personal internacional experimentado que se uniera a la respuesta de emergencia y también para trasladar al personal de un lugar a otro. Se impuso un bloqueo de transporte y nuestros trabajadores dedicaban cada día entre tres a cuatro horas para ir al trabajo. Tuvimos que contratar una flota de autobuses para transportarlos”, dice.

Médicos Sin Fronteras fue fundada en Francia en 1971 por un grupo de médicos y periodistas. Ganaron el Premio Nobel de la Paz en 1999 por su labor humanitaria en varios continentes. MSF tiene operaciones en más de 70 países, entre ellos México, donde la oficina se estableció en 2008.

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