Marco A. Pérez: El nuevo tratado comercial y la compra de medicinas en EUA

Marco Pérez Valtier

Marco Pérez ValtierFuente: Félix Vásquez

Hace algunos días, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, firmó un decreto que ordena dar prioridad, en las compras gubernamentales, a medicinas e insumos médicos producidos o fabricados en los Estados Unidos, como secuela natural después de invocar la Ley de Producción de Defensa, con lo cual obligó a empresas norteamericanas, como la General Motors, a producir respiradores, insumo médico necesario para atender la emergencia médica del Coronavirus.

El decreto obliga a las agencias del gobierno estadounidense a que compren todos los medicamentos esenciales que necesiten, de empresas norteamericanas, dijo el presidente Trump durante un discurso en Ohio.

La orden ejecutiva también eliminará barreras regulatorias innecesarias para la producción farmacéutica y respaldará los procesos de fabricación avanzados que mantendrán bajos los precios de los medicamentos, ya que mediante otro decreto anterior, facultaba al gobierno a pagar precios internacionales en medicamentos, si los precios domésticos eran superiores, situación que había sido mal recibida por la industria farmacéutica.

De hecho, la política de “Buy América” la ha utilizado anteriormente el gobierno norteamericano como “slogan”, pero ahora lo hace de manera legal, haciendo uso de las amplias facultades que tiene el gobierno, que le permiten dejar a un lado los compromisos de libre comercio negociados en el Tratado.

Esta orden ejecutiva es contradictoria a los principios rectores del libre comercio, pues limita legalmente, a las Agencias Gubernamentales Estadounidenses, a adquirir estas mercancías e insumos del exterior, incluyendo a países con los que se tengan Tratados de Libre Comercio, a pesar de que puedan ser adquiridas a precios más accesibles o con mejores condiciones comerciales, contrario a los postulados del libre comercio.

Como vemos, esta es una prueba más de que seguimos intercambiando oro por espejitos, ya que mientras en nuestro país, los Tratados Comerciales tienen rango constitucional, (siendo Ley Suprema) en los Estados Unidos son de inferior jerarquía legal a Decretos Presidenciales y a Leyes como la de Seguridad Nacional, la cual invocó el Presidente Trump cuando impuso aranceles a las importaciones de Aluminio y de Acero, e incluso amenazó con incluir en esa Ley a las importaciones de autos y de camiones ligeros.

La verdad, los Estados Unidos siempre han tenido una forma muy autónoma de actuar, ignorando incluso fallos de Paneles Internacionales, como el relacionado con las restricciones a las compras de atún mexicano, bajo el argumento de que muchos delfines eran capturados junto con el atún, pero a pesar de que la razón se le otorgó a México, el embargo nunca fue levantado.

Es decir, además de las protecciones arancelarias que pueden imponer los Estados Unidos de manera unilateral, sin mayor requisito que una orden presidencial, existen muchas medidas no arancelarias que pueden ser aplicadas en detrimento del libre comercio que pretende garantizar un Tratado Comercial.

Baste recordar que los camiones de carga mexicanos tuvieron innumerables trabas legales para poder circular dentro de la Unión Americana, ya que se impusieron una serie de requisitos y de condiciones previas prácticamente imposibles de cumplir por los transportistas mexicanos.

Si en algún año la cosecha de cítricos en la Florida es excepcionalmente alta, de inmediato se procede a imponer medidas sanitarias para las naranjas mexicanas para dificultarles el acceso al mercado norteamericano, facilitando la colocación de la cosecha de los agricultores locales.

Como ya lo he comentado en notas anteriores, el nuevo Tratado incluye aspectos que no son estrictamente de índole comercial, y que otorgan a los norteamericanos facultades de supervisión que atentan contra la soberanía nacional, como lo relativo a los supervisores laborales.

Más aún, regulan incluso los salarios mínimos que se deben pagar en la industria automotriz, tratando de neutralizar nuestra “ventaja competitiva” de pagar bajos salarios.

De esta manera, no es muy sensato poner muchas esperanzas en que el nuevo Tratado Comercial va a catapultar la actividad exportadora de nuestro país, y que va a ser el antídoto para la recesión económica, agudizada aún más por la pandemia del coronavirus.

De que habrá nueva ventanas de oportunidad para incrementar el componente nacional de nuestras exportaciones, no hay duda alguna, pero también existen riesgos de una creciente política proteccionista, que las reduzca o las anule.

Esta es una columna de opinión. Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad únicamente de quien la firma y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.

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