Las consecuencias del COVID-19 en Bangladesh: Estigmas contra contagiados y disrupción de servicios

La joven madre bangladesí Noor Haba se acerca el pañuelo a la cara con una mano. Con la otra, acaricia la espalda de su hija Shahara, de siete años, que yace casi inconsciente en la cama del hospital. Shahara está siendo tratada por talasemia, un trastorno sanguíneo genético.

“Tengo miedo todo el tiempo”, afirma Noor. “Me preocupo por mis hijos y por mi familia. Rezo para que ellos y esta situación mejore”.

En todo Bangladesh, el número de personas que padecen COVID-19 ha aumentado de manera notable y continua desde marzo. Al escribir estas líneas, hay más de 149 mil casos confirmados, pero como en todos los países, las cifras muestran solo una pequeña fracción de la realidad.

La pandemia está teniendo un efecto catastrófico en todos los aspectos de la vida de la gente, desde el aumento del desempleo hasta el acceso a la atención médica básica.

Daniella Ritzau-Reid/MSF

En la sala del hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) especializado en maternidad y pediatría de Goyalmara en el distrito Cox’s Bazar de Bangladesh, esto no podría ser más evidente.

Una enfermera de MSF introduce una aguja en el brazo de Shahara y extrae sangre con una jeringa. Mientras la niña llora y se retuerce en la cama, su madre la calma.

“Es para encontrar un donante de sangre compatible”, explica la enfermera.

Las piernas y los brazos de Shahara son delgados; su vientre se extiende desde el bazo inflamado causado por su condición y exacerbado por la desnutrición. La talasemia causa una disminución de los niveles de hemoglobina y puede ser mortal si no se trata con transfusiones de sangre regulares.

Shahara es la segunda de cinco hermanos que sufre de talasemia, y Noor Haba tiene que llevarlos a ambos al hospital cada dos meses para las transfusiones de sangre. Como no hay un banco de sangre, confía en que las personas que vienen al hospital donen voluntariamente, lo que por lo general es es un asunto sencillo. Pero debido a la pandemia, han estado esperando a un donante de sangre durante tres días.

“Estamos buscando por todas partes”, se lamenta Noor Haba. “Normalmente encontramos fácilmente a alguien que done, pero esta vez no puedo encontrar ningún donante de sangre debido a la situación del COVID-19. Nadie quiere venir al hospital porque sienten miedo“.

Muchas personas evitan ir a un centro médico por temor a contraer el virus SARS-CoV-2, al tiempo que las medidas del bloqueo han dificultado los viajes. Los precios del transporte público se han triplicado.

Noor Haba y su familia se enfrentan a un difícil dilema. El esposo de Noor ha perdido su trabajo como jornalero debido a las restricciones que ha traído consigo el COVID-19. Para mantener con vida a sus hijas, tiene que hacer un viaje de 90 minutos al hospital, a pesar de que la familia apenas puede permitirse comer. En esta ocasión, ha tenido que pedir prestados 300 takas [2 euros] para pagar el billete de autobús.

“Es muy difícil. No tengo dinero para irme a casa. Tenemos cinco hijos y no sé cómo los vamos a alimentar”, explica Noor Haba.

Antes de la llegada del COVID-19 a Bangladesh, MSF había preparado un sistema para derivar a los pacientes de talasemia a un centro quirúrgico cercano donde pudieran ser sometidos a esplenectomías, reduciendo así la necesidad de recibir transfusiones de sangre con frecuencia y mejorando su calidad de vida.

Debido a la pandemia, ese centro ahora no puede ofrecer el servicio.

Ante la escasez de personal y la falta de suministros médicos esenciales y equipos de protección, como mascarillas, muchos centros de salud, incluidos los administrados por MSF, han tenido que tomar la angustiosa decisión de reducir o cerrar algunos servicios. En todo el distrito de Bazar de Cox y en Dacca, MSF ha reducido algunos servicios médicos para centrarse únicamente en aquellas actividades que salvan vidas. El departamento ambulatorio del hospital Goyalmara, por ejemplo, está actualmente cerrado.

La pediatra de MSF, Ferdyoli Porcel, dice: “Para mí, lo más problemático es que las personas comenzarán a morir no por COVID-19, sino por otras enfermedades, enfermedades normales que podríamos tratar“.

Daniella Ritzau-Reid/MSF

Muchas personas que padecen síntomas del COVID-19 se enfrentan al doble desafío de tener que combatir el virus al mismo tiempo y las consecuencias sociales de ser diagnosticadas como positivos.

Mohammad, un padre rohingya que vive en uno de los muchos campos de refugiados en el distrito de Cox’s Bazar, fue diagnosticado con COVID-19 y llevado al hospital de campaña Kutupalong de MSF, donde fue aislado y recibió tratamiento.

Si bien las pautas mundiales de salud establecen que los contactos cercanos de un paciente con el nuevo coronavirus pueden pasar la cuarentena de manera segura en su hogar, la comunidad presionó a la familia de Mohammad para que abandonara su hogar y pasara la cuarentena en un lugar lejano. Mohammad estaba aterrorizado por que su familia fuera sacada del hogar en contra de su voluntad.

“La gente amenazaba diciendo que incendiarían nuestra casa si mi familia no hacía la cuarentena. Fue muy vergonzoso para mi familia. Se sintieron muy asustados”, comenta.

Como MSF ha visto en brotes de enfermedades infecciosas en todo el mundo, desde el ébola hasta la difteria, la confianza es fundamental para la respuesta de salud pública. Las personas deben confiar en que cualquier tratamiento médico que reciban será respetuoso y humano, y que ellos y sus familias estarán a salvo si buscan atención médica.

Pacientes con COVID-19 nos han explicado que sus familias son llevadas a centros de cuarentena en contra de su voluntad, amenazadas con el desalojo de sus hogares y sometidas a un lenguaje agresivo y amenazante.

Dichas experiencias pueden disuadir a las personas con síntomas de hacerse pruebas o buscar tratamiento, lo que exacerba aún más la propagación del virus SARS-CoV-2.

Según Mohammad, “experiencias como esta desaniman a la gente a acudir a las clínicas si tienen síntomas de COVID-19″.

Daniella Ritzau-Reid/MSF

Con todo, en medio de la pandemia la vida continúa. Las madres dan a luz y las familias planifican su futuro. MSF continúa prestando servicios de salud reproductiva en todas sus instalaciones en Bangladesh, apoyando a mujeres y niños necesitados. La pandemia también ha afectado a estos servicios.

La madre primeriza Syeda fue ingresada recientemente en la sala de aislamiento del hospital de Goyalmara.

Para hablar con ella, primero debes ponerte un equipo de protección individual completo: bata de pies a cabeza, cubrebocas y careta de plástico. Syeda usa una mascarilla quirúrgica; Sus ojos se ven asustados. Su bebé, de solo unos días, respira con la ayuda de un tubo de plástico conectado a una bombona de oxígeno.

“Tengo mucho miedo por mi bebé y por mí”, admite. “Me preocupa cuándo podremos volver a casa”.

Syeda ha tenido una experiencia de pesadilla que ninguna madre podría desear. Después de desmayarse durante el parto, fue llevada de urgencia a una clínica para ser sometida a una cesárea. Poco después, tanto ella como su recién nacido fueron diagnosticados con COVID-19. Los derivaron al hospital de Goyalmara de MSF, donde ahora están recibiendo tratamiento.

“Este es mi primer bebé”, dice Syeda. “Pero en este momento no puedo pensar en nuestro futuro en absoluto. Una vez mi bebé esté bien, entonces podré pensar en ello”.

Afortunadamente, sus síntomas son leves. “Ahora mi bebé está recibiendo oxígeno, está mejorando”, platica Syeda. “Está mejor que antes”.

A varios kilómetros de distancia, en la clínica de MSF en Jamtoli, otra madre, la refugiada rohingya Shokutara, se sienta junto a su hijo nacido horas antes. Incapaz de contener el deleite, esboza una gran sonrisa. “Estoy muy feliz”, asegura.

Pero el espectro del COVID también se cierne sobre su familia.

“Estoy preocupada por la COVID-19, por lo que sabemos sobre el virus”, señala Shokutara. “La gente nos dice que mantengamos distancia, pero eso no es posible porque vivimos muy apretados. Pese a todo, intentamos hacerlo lo mejor que podemos”.

Shokutara todavía mantiene esperanza en el futuro.

“En Myanmar afrontamos muchísimas dificultades y tuvimos miedo. Nos torturaron”, recuerda. “Así que estoy feliz aquí. Quiero que mi hijo y mi hija reciban clases para que puedan tener un buen futuro“.


Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de los pacientes.

Médicos Sin Fronteras fue fundada en Francia en 1971 por un grupo de médicos y periodistas. Ganaron el Premio Nobel de la Paz en 1999 por su labor humanitaria en varios continentes. MSF tiene operaciones en más de 70 países, entre ellos México, donde la oficina se estableció en 2008.

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